Trabajar con Migraña: Saber cuándo es hora de parar

Trabajar con una enfermedad crónica es duro, muy duro. Pasar por esto con episodios impredecibles de migraña parece más duro si cabe. Es curioso, trabajo y migraña son aspectos de esta enfermedad de los que no se habla mucho en conjunto, posiblemente porque la migraña es muy diferente según cada persona y porque los trabajos y las exigencias de cada uno son muy diversos.

Cada uno tiene su propia forma de lidiar con su trabajo y su migraña, así que no puedo hablar en nombre de nadie… Pero puedo compartir mi experiencia.

La vida antes de tener migraña

La migraña no me apareció hasta que no tuve 29 años. Hasta ese momento, había estado construyendo mi carrera entorno al apoyo y desarrollo de aplicación de software durante una década. Ser mujer y trabajar en una carrera STEM (Science, Technology, Engineering & Mathematics) es ya todo un reto, y estaba muy orgullosa del progreso que había hecho. Acepté varios trabajos, me ascendieron, me subieron el sueldo y mis compañeros me tenían en alta estima.

A veces miro atrás para ver cómo era mi carrera justo antes de que comenzasen los ataques de migraña y me pregunto a dónde podría haber llegado, cuánto éxito habría tenido, qué habría conseguido… Pero mirar atrás hacia el pasado de esa forma no me ayuda en el presente. En vez de eso, trato de mirar atrás con orgullo y recordándome a mí misma con cariño y no con envidia.

Migraña, trabajo y salud en el trabajo

Puedo recordar con claridad la primera migraña que tuve. Creo que la razón por la cual el recuerdo sigue tan vivo en mi memoria, a pesar de los cientos e incluso miles de ataques de migraña que vinieron después, es que en ese momento no tenía ni idea de lo que me estaba pasando. Creía que tenía un tumor cerebral o algo así y en cualquier momento iba a desfallecer. Pero en vez de ver toda mi vida pasar ante mis ojos, sentí más bien como si estuviera nadando a través de melaza.

Estaba en el trabajo en ese momento, pero la última que quedaba en la oficina, así que no había nadie allí para socorrerme. Me las arreglé para mandarle un mensaje a mi compañero para que viniera a buscarme, y creo que él se dio cuenta de que algo pasaba cuando rechacé una taza de té caliente que me trajo en un termo… ¡Era un comportamiento muy raro por mi parte!

Esa fue la primera vez que tuve un ataque de migraña en el trabajo… Pero ni de lejos fue la última.

En cosa de pocos meses, ya experimentaba entre seis y nueve días de migraña al mes. Por entonces, trabajaba desde casa tres días a la semana y tenía que viajar a Londres para trabajar allí dos veces por semana. Pensaba que eso hacía que los ataques de migraña fueran a peor, y si echo la vista atrás me doy cuenta de que así era. Un año después de mi primer ataque, había faltado tantos días a causa de la migraña que me mandaron a Salud Ocupacional. Esto me horrorizó al principio porque ni siquiera sabía de la existencia de ese departamento y de repente me mandaron allí.

Pensaba que me iban a interrogar, acusar y condenar y eso me estresaba muchísimo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que eran mucho más imparciales de lo que esperaba, y su foco principal era tratar de crear las condiciones para sacar lo mejor de los empleados.

Pensaron que viajar y los cambios en los horarios de sueño estaba contribuyendo negativamente a mi migraña y me recomendaron que dejase de viajar o viajara menos. Mis jefes aceptaron que viajase solo dos veces al mes durante 12 meses para probar, y en ese periodo mis migrañas mejoraron mucho. De hecho, uno de los meses solo tuve… ¡Un día de migraña!

Pero las migrañas empeoraron cuando tuve que volver a viajar. Me mudé y cambié de puesto unos meses después, y mis jefes y yo pensamos que eso mejoraría las cosas. Y lo hizo… Pero durante más o menos un mes.

Podría haber sido mejor, pero tuve un problema con mi ojo derecho (nada relacionado con mi enfermedad) que empeoró mi migraña. Los meses que fueron después de eso los recuerdo borrosos porque tuve ataques de migraña la mayoría de los días antes de que mi jefe me diera una baja de tres semanas.

Durante los días de baja, solo tuve tres días de migraña. Esa fue la primera vez que me di cuenta del impacto que tenía mi trabajo sobre mi enfermedad.

Audiencias disciplinarias y contratos expirados

La vida y el trabajo siguieron su curso, pero yo seguía teniendo desde ocho a quince días de migraña al mes y eso tenía un gran impacto en mi asistencia al trabajo. En dos meses tuve mi primera audiencia disciplinar.

Creo que estas reuniones disciplinarias son la peor parte de tener una enfermedad crónica en el lugar de trabajo.

El resultado de todas ellas era siempre que estaba haciendo todo lo posible para gestionar mi migraña. Después de todo, nadie en el mundo más que yo quería que mi condición mejorase. Aun así, siempre conllevaba una amenaza de despido, y eso solo hacía que estuviera más estresada, lo que desembocaba en más migraña.

Mi nuevo puesto conllevaba cambiar de un trabajo a tiempo completo a un contrato de 12 meses, y no me sorprendió que cuando terminó mi contrato no me lo renovasen. Me dejaron ir por mis migrañas, pero la compañía no tuvo que enfrentarse a un proceso de despido.

Aún no sé cómo me siento respecto a aquello. Por una parte, siento que fue deshonesto por su parte dejar claro que no me renovaban a causa de mis migrañas. Por otro lado, lo vi venir, así que lo siento más como una puñalada de frente que como una por la espalda. Ambas partes sabíamos que iba a pasar pero aun así dolió cuando sucedió. Cuando me fui, tras haber trabajado para ellos durante siete años, ni siquiera me dieron una tarjeta de despedida. Fue como si tuviese que sentirme avergonzada de ello. Creo que esa fue la parte más dura de todo lo que pasó.

Decidir bajar el listón

Tras seis meses de búsqueda de empleo, durante los cuales mi migraña se redujo a solo de uno a cuatro días por semana, conseguí otro trabajo. Era un paso atrás en cuanto a responsabilidad y menos de la mitad de lo que me pagaban en el sitio anterior, pero me sentí bien de volver a las andadas.

Llevaba tan solo tres semanas cuando tuve que pedirme mi primera día libre por enfermedad a causa de la migraña. Ya había tenido tres ataques pero evitaba faltar al trabajo. Si lo pienso ahora, tendría que haber visto la fuerte conexión entre mis ataques de migraña y mi trabajo, pero mi respuesta era la negación. No quería admitir la derrota o sentirme menos que cualquiera de mis compañeros a causa de la migraña.

Así que el ciclo comenzó de nuevo. Tenía ataques cada dos por tres y mi asistencia caía en picado. Después de un año y medio en la compañía, en una de las reuniones disciplinarias, pregunté si podía reducir mis horas de trabajo para mejorar las cosas. Esto ayudó durante un tiempo, pero no duró mucho.

En un momento dado, mi vida se vio reducida a tratar de estar bien como para ir a trabajar los tres días a la semana acordados. Desafortunadamente, la migraña no es tan fácil de gestionar y aun así perdía muchos días de trabajo.

Después de dos años trabajando a media jornada, me dieron una baja de tres semanas y después dos semanas de vacaciones anuales. En esas cinco semanas, no tuve ningún ataque de migraña y tuve mi primer día sin dolor en un año.

Enfrentándome a la realidad

Ese fue el momento en el que me di cuenta de todo. No podía ignorar durante más tiempo el impacto que el trabajo tenía sobre mi migraña. En los meses posteriores, asimilé que necesitaba dejar de trabajar si quería que mi vida no girase entorno a las migrañas. Pedí un año sabático, pero lo rechazaron porque habría sido muy complicado reemplazarme temporalmente, así que renuncié a mi puesto.

Entonces los ataques de migraña decrecieron. Cuando tuve cita con mi especialista ocho meses más tarde de dejar de trabajar, nos abrazamos y lloramos lágrimas de felicidad. Había llorado tantas veces en esa consulta que era increíble llegar con buenas noticias.

Ahora hace dos años desde que dejé de trabajar y estoy segura de que tomé la decisión correcta. Aún lo paso mal con los ataques de migraña, pero ahora puedo dedicarles el tiempo y el cuidado que necesitan en vez de tratar de contenerlos, empeorándolos.

Por supuesto que a veces lucho contra el hecho de que no trabajo. Tengo días malos en los que me siento inútil. Como gran parte de esta gestión de mis migrañas implica descansar, tengo que luchar contra mi mente, que me dice que soy una vaga. Para combatir esto, contribuyo en las tareas de casa de muchas formas. Cocino para todos casi todos los días, lo cual es un cambio que recibo con gusto porque la mayoría de mis peores días de migraña los pasé a base de comida rápida.

Conclusiones

Me encantaba mi trabajo y detesto no poder desempeñarlo porque sé que tengo mucho para dar. Pero también sé que si vuelvo caeré en el dolor y la miseria. Debo recordarme a mí misma que no trabajar no es lo mismo que fallar. Tengo la responsabilidad, conmigo misma y mis seres queridos, de cuidar de mí y priorizar mi salud.

Admiro a todos los que se las apañan para seguir trabajando padeciendo de migraña crónica, pero no poder más no es lo mismo que darse por vencido.

Autora: Daisy Swaffer

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