España

Una terapia de corazón

Creo que a todos los que podamos estar leyendo este post nos ha pasado, más de una vez en nuestra vida, que, cuando tenemos algún dolor, sea cual sea, se lo contamos a otra persona y a ella también le duele o conoce a alguien que tiene la misma dolencia. Incluso, en muchas ocasiones, les afecta más que a nosotros mismos.

Recuerdo que, cuando me quedé embarazada, solo me encontraba con embarazadas. Y lo peor es que, de cara al parto, todo lo que me contaba la gente, estuvieran embarazadas o no, ¡¡¡era malo!!! Pero lo más asombroso, ¡es que incluso me contaban cosas los hombres! Que no es por desmerecer a nadie, pero es imposible que sepan cómo pueden ser los dolores de las contracciones y, por supuesto, no saben lo que se siente estando embarazada. Pero como digo, todo el mundo sabe y todo el mundo opina.

Cuando me dio el infarto…, bueno, esto son palabras mayores. ¿Quién no conoce a alguien que ha sufrido uno? Alguien que está operado de corazón, que tiene un bypass o incluso que, desgraciadamente, no tuvo la misma suerte y murió. Aunque no seamos conscientes, esto no ayuda y, más aún, cuando realmente estás pasando por una enfermedad que siempre deja secuelas. El corazón es nuestro motor y, sin él, no podemos estar. Así que, hablar de cosas malas delante de una persona con una enfermedad cardíaca o incurable, no es que sea muy agradable.

Estando en el hospital, antes de darme el alta, vinieron a la habitación a informarme de que en el propio hospital había un grupo de terapia. Pacientes “como yo” que asistían a charlas para hablar precisamente de esto. En esas charlas hablaban de lo mal que lo habían pasado o por lo que estaban pasando a causa del infarto. También, por supuesto, había un grupo de psicólogos a disposición mía para hablar de todo lo que yo quisiera con ellos porque saben, de antemano, que el enfrentarse a todo lo nuevo que está por llegar no es fácil.

Pero, para ser sincera, en un principio no confiaba en nada de esto. No he sido nunca muy pro-psicólogos y bueno…, contarle a un extraño mis problemas se me hace un poco duro.

Aproximadamente al mes de que me dieran el alta, fui a una de las primeras reuniones en el hospital. Todos éramos pacientes cardíacos, la mayoría por infartos y alguno que otro por trasplantes, marcapasos, etc. No me sentí especialmente bien. No es muy normal que una mujer de 43 años sufra un infarto, así que las miradas me hacían sentir bastante incómoda. También la disposición de la sala, todos sentados en círculo con un psicólogo que iba dando paso al que quería exponer algo, parecía una sesión de alcohólicos anónimos, como las que vemos en las películas. ¡No sé…, a mí no me gustó!

La media de edad de la gente que había allí era de unos 65/70 años y, no solo habían tenido un infarto, sino que tenían un montón de problemas de salud más. No me gusta ver sufrir a la gente, y allí había personas muy preocupadas por su salud. Algunos tenían diabetes, hipertensión, el colesterol por las nubes, eran fumadores… y ninguno de esos era mi caso. Así que no volví a asistir.

Lo que realmente me ayudó fue la rehabilitación cardiaca. ¡Esto sí que fue lo mejor que pude hacer! Seguía siendo la más joven, pero esto ya era diferente. Los rehabilitadores se encargaban de juntar grupos de mujeres y de hombres por separado, para tener un poco más de intimidad, y pasábamos juntas tres días a la semana durante una hora entera y, esto, al final une.

Tuve una acogida maravillosa, tanto por parte de ellas como del equipo de rehabilitación, que en todo momento estaban pendientes, entienden tus miedos perfectamente y saben cómo ir haciendo que superes, día a día, los límites que crees tener. Y los tienes, desde luego que los tienes. También miedo de ver cómo al hacer ejercicio tu corazón sube de pulsaciones y no sabes qué puede pasar. Pero estaba controlada en todo momento gracias al pulsómetro, lo que me daba mucha seguridad.

Imagino que ser la más joven tenía sus ventajas y sus inconvenientes, porque la verdad es que me exigían mucho más que al resto, debido a mi forma física. Primero había unos diez minutos de calentamiento, más o menos relajado. Luego, la cosa iba aumentando y, finalmente, venía el horror… ¡¡¡dos pisos de escaleras!!!! Teníamos que subirlas tres veces seguidas las primeras semanas, pero a mí me tocaba alguna vez más. Un día llegué a seis pisos seguidos, ¡incluso subiéndolas de dos en dos! Un gran logro, por supuesto. Y, después de todo esto, la sesión finalizaba con media hora en la bici estática.

Esto sí era una verdadera terapia, todas comentando nuestras sensaciones junto con los rehabilitadores. Sin ninguna duda, esto fue lo que realmente me ayudó. Ver a gente mucho mayor que yo superarse día a día, enfrentándose a nuevos desafíos y superando obstáculos. Un auténtico reto que yo también podía conseguir.

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